¿Te pasó alguna vez que no tuviste ganas de hacer nada?

Existe una diferencia entre el cansancio físico y el cansancio que viene cuando estás estresada. El primer tipo de agotamiento es normal, ya que lo sentís prácticamente todos los días, y basta con que descanses para que te recuperes y puedas volver a hacer otro esfuerzo. En cambio, cuando estás estresada, lo que tenés que hacer es un cambio de hábito, porque por más que descanses no recuperás las fuerzas. La típica persona que experimenta este tipo de cansancio es aquella que dice: “Me fui de vacaciones, pero sigo más cansada que antes. No hice nada, traté de no encontrarme con nadie y, sin embargo, estoy agotada”. Frente a esa situación tenés que empezar a hacer un cambio de hábito en tu vida para que el estrés no termine afectando también tu salud física.
Hoy te voy a hablar de otro tipo de cansancio que es frecuente, pero que a veces no se lo logra identificar: el cansancio por frustración.

1 Reyes 19:9-10: “Allí pasó la noche en una cueva.
El Señor se le aparece a Elías
Más tarde, la palabra del Señor vino a él.
¿Qué haces aquí, Elías? le preguntó.
Me consume mi amor por tí, Señor Dios Todopoderoso, respondió él. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!”.

 

Por el lapso de tres años, el profeta Elías desarrolló un importante número de actividades. Primero profetizó sequía: “Hasta que no dé la orden, no lloverá en este lugar”. Después, Dios le ordenó: “Escondete en una cueva, no por temor, sino porque no quiero que el rey te convenza de que digas una palabra y empiece a llover. Quiero que sientan lo que es una sequía”, y le mandó cuervos para que lo alimentaran. Luego, el Señor le pidió que fuera a la casa de una viuda que aunque no tenía nada, le iba a dar de comer. Tiempo más tarde, Elías fue al monte Carmelo. Allí Dios le dijo: “Ahora sí irás de nuevo a ver al rey y le dirás que por tu palabra va a volver a llover tras tres años de sequía”. En ese monte desafió a ochocientos profetas diciéndoles: “Quien sea el verdadero Dios, ¡que mande fuego!”, y al orarle al Señor envió un fuego que quemó el altar y la ofrenda. Los demás brujos, en cambio, pese a que le pidieron a sus dioses de todas las maneras posibles, no lograron nada. ¡Imaginate el estrés que debe de haber sentido Elías ante semejantes desafíos! Además, después tuvo también que degollar a los ochocientos profetas. Como si eso fuera poco, se puso a orar y aseguró: “¡Va a llover!”, y al instante se largó a correr kilómetros y kilómetros para llegar antes que el carro del rey y que la lluvia. Cuando Jezabel, esposa del rey y quien traía toda la idolatría al país, vio a Elías, lo amenazó de muerte: “¡Lo mismo que hiciste con los profetas lo haré yo con vos! ¡Te voy a degollar!”. Tras el temor que le infundió esta mujer, Elías se fue al desierto. Allí un ángel lo alimentó durante los cuarenta días y las cuarenta noches que tardó en llegar a la cueva del monte de Horeb. En ese lugar Dios siempre se le aparecía al pueblo de Israel para hablarle y darle revelación. Finalmente Dios restauró allí a Elías y puso fin a tres años de vida sumamente agitada.

Elías estaba cansado físicamente, pero también tenía estrés. Él padecía un trastorno que afecta a mucha gente: el “síndrome único”. Quien padece este síndrome cree que es único en el mundo y que si las cosas no las hace él, todo va a salir mal. ¿Conocés a alguien así? Si esto te ocurre a vos, tal vez digas: “Si yo no lo hago, ¿quién lo hace?”; “Si yo no me preocupo, ¿quién lo hará?”; “¿Cómo se van a arreglar si yo no traigo dinero?”.
Cuando Elías se escondió en la cueva del monte Horeb el Señor le hizo una pregunta que demuestra la frustración que tenía: “¿Qué haces aquí Elías?”. Él le contestó: “Me consume mi amor por ti. Los israelitas rechazaron tu pacto, derribaron tus altares y mataron a tus profetas a filo de espada. Soy yo el único que ha quedado con vida y ahora quieren matarme”. Elías le estaba reclamando a Dios que después de tanto esfuerzo y tantas situaciones agobiantes, no había visto ningún resultado. El cansancio por frustración viene cuando hacés muchísimas cosas, pero no lográs resultados. Por ejemplo, imaginate que invertiste tiempo en una persona, la escuchaste, la aconsejaste, estuviste cuando más te necesitaba, y de repente, un día te traiciona y se aleja. Esa misma frustración la tendrías si tras haber seguido una dieta estrictísima durante un mes, cuando te pesás te das cuenta de que bajaste solo doscientos gramos. Otro ejemplo sería que hayas pagado el arreglo de tu lavarropas y que al otro día se vuelva a descomponer. Estudiar mucho y reprobar el examen, o que no te llamen de ese trabajo para el que tanto te capacitaste pueden ser otras situaciones que generan gran frustración. ¿Te pasó algo parecido alguna vez? Si ese es el caso, el Señor quiere traerte hoy una palabra para que reacciones y vuelvas al camino. Él quiere bendecirte y que sigas obedeciéndole mientras caminás hacia el éxito.

¿Cómo te hará reaccionar Dios?
1. Te va a preguntar: “¿Qué hacés aquí?”.
Esa primera pregunta es la misma que le hizo a Elías. Si bien el Señor había dirigido sus pasos, nunca le dijo que se fuera al monte de Horeb. Tal vez hoy no estés en el lugar correcto, quizás estés escondida en tu dolor, en tu angustia, en tu sensación de fracaso o en tu depresión, y Dios viene a preguntarte: “¿Qué hacés aquí?”. Mencionará tu nombre porque Él te conoce y buscará hacerte reaccionar para que salgas de ese lugar incorrecto. Quizás estés escondida en tu casa esperando que tu ex pareja traiga el sustento para tus hijos sin darte cuenta de que podés salir a trabajar y ganar más de lo que él te puede dar. Tal vez estés trabajando como secretaria, pero deseás tener tu propio emprendimiento. ¡Dios vendrá a decirte que ese no es tu lugar ni tu posición! Quizás no estés haciendo lo correcto porque te fuiste con un amante cuando Dios te había dicho: “Hacé lo que puedas por esa pareja”. Tal vez dudes de la gravedad de tu enfermedad y te quedes pensando en eso en vez de ir a hacerte los análisis que corresponden. Es ahí cuando Dios te va a preguntar: “¿Qué hacés acá escondida?”, porque Él quiere que vuelvas a tu posición y te quiere ver crecer.

Hay mujeres que están en lugares incorrectos viviendo como esclavas de las decisiones de su pareja, de sus hijos o de un jefe. Frente a esa situación, Dios viene y te dice: “¿Qué hacés en este lugar en el que no te estás moviendo?” Él esperaba ver a Elías en el lugar donde él lo había enviado, no en la cueva. El Señor siempre te va a confrontar en esos sitios donde no lo esperabas encontrar. ¿Alguna vez te arrepentiste de haber ido a una fiesta?, ¿pensaste en ese momento qué hacías en ese lugar? Esa es la pregunta que Dios te hace en el espíritu: “¿Qué estás haciendo en ese lugar de violencia y de maldad?”; “¿Qué estás haciendo en ese lugar donde no te respetan ni te valoran?”; “¿Por qué estás allí cuando Dios quiere otro lugar para tu vida?”. La Biblia dice que estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús. ¡Ese es tu lugar! ¡Nunca deberías de haberte movido de allí!

2. El Señor te va a enseñar a vivir por propósito.

Dios le enseñó a Elías a vivir por propósito. Elías era muy bueno haciendo tareas pero, si bien cumplía las órdenes de Dios, no entendía el propósito del Señor. Tal vez seas una de esas personas que tienen anotadas en una lista todas las tareas que deben realizar durante el día: lavar y planchar la ropa, cocinar, llevar a los chicos a la escuela, pagar las facturas y finalmente, ir al trabajo. El problema aparece cuando las tareas que hacés no tienen propósito. La persona que hace una tarea sin propósito necesita ver el resultado de inmediato; en cambio, aquella que sabe que hay un propósito, sigue adelante aunque esa tarea no haya dado resultado. Elías se frustró porque aunque obedecía las tareas que Dios le ordenaba, nunca tuvo una visión de lo que iba a pasar más adelante. Él no sabía que lo que había hecho iba a dar fruto, porque todo lo que uno hace en la vida da resultado.
La Biblia narra la historia de una mujer que perdió una moneda y se puso a barrer toda la casa hasta encontrarla. Esta mujer no se sintió frustrada porque la tarea que estaba realizando tenía un propósito: encontrar la moneda. Si ella se hubiese puesto a barrer durante horas sin ningún propósito, el trabajo se le hubiera vuelto aburrido y monótono. ¿Te aburre planchar, lavar, cocinar o tomar el colectivo para ir al trabajo? Eso sucede porque cuando no hay propósito querés resultados instantáneos, y si no los ves, te frustrás.

Dios le dijo a Elías: “Quiero que aprendas a ver el propósito de todo lo que hacés. Si te dije que no te movieras de ese lugar, es porque hay propósito, pero como sos un varón de adrenalina no podés quedarte quieto”. Tenés que aprender a ver propósito en todo lo que hagas en tu vida. Recordá que el propósito trae tareas, pero la tarea no siempre trae propósito. Cuando le encontrás un propósito a lo que hacés, ya no te frustrás si algo sale mal. Tené presente que la tarea no es el fin, sino que vas detrás de un propósito.
Elías era una persona de tanta adrenalina que hizo más de lo que Dios le pidió. Él tenía que ir a decirle al rey que iba a llover, pero no solo hizo eso, sino que además juntó a todos los profetas y los degolló con sus propias manos. Elías necesitaba estar realizando actividades todo el tiempo. No podía detenerse a pensar: “¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo está trabajando Dios conmigo, con el pueblo, con el rey?”. Él no podía ver más allá de las tareas que Dios le encomendaba. Por esa razón, pese a ser un hombre valiente y obediente, Elías tuvo cansancio por frustración.
Un libro que trata sobre el vínculo de padre e hija explica que cuando una mujer es chica y su padre le brinda el debido afecto, él le va a decir todo el tiempo: “Vos podés, lo vas a lograr” o “Vas a salir adelante en todo lo que emprendas”. Si bien esas palabras de aliento son positivas, los padres, a diferencia de lo que hacen con sus hijos varones, no le enseñan a sus hijas cómo hacer la tarea. Tal vez tu padre te haya dicho: “¡Claro que podés manejar!”, pero como nunca te enseñó a conducir tuviste que aprenderlo con otra persona.

En general, las mujeres somos muy buenas obedeciendo en aquello que ya sabemos, tal como lo hacía Elías. Sin embargo, fallamos a la hora de proyectar, porque para proyectar hay que aprender conceptos nuevos, y muchas veces no sabemos a quién pedirle que nos enseñe. No obstante, tenés que determinarte a estudiar y aprender, porque va a haber alguien que te va a enseñar. ¡Empezá a tener proyectos y dejá de hacer solo tareas sin propósito!

Cada vez que hagas una tarea a la que no le veas el sentido, esa actividad te va a resultar frustrante. Buscale propósito a todo lo que hagas: a la comida que preparás, a la ropa que planchás, al trabajo que tenés, al libro que leés, a aquello que compraste. Elías hacía más de la cuenta, y tenés que saber que cuando alguien te vea haciendo más, siempre te va a pedir más. Por ejemplo, imaginá que estás en tu casa en una noche lluviosa pensando qué es lo que vas a cocinar para la cena. Si tus hijos tienen hambre y no pueden esperar a que la comida esté lista, seguramente te pedirán que les prepares algo como tostadas con mermelada. Tal vez les hayas preparado lo que te pidieron, pero como aún siguen con hambre te piden más y más cosas. Si seguís haciendo todo lo que te piden y además te ocupás de la cena, probablemente llegará un momento en el que te sientas exhausta. ¡No seas una persona que hace una inmensa cantidad de tareas sin propósito! Si bien no es malo realizar actividades, es fundamental que le encuentres propósito a todo lo que hacés. Para eso tenés que preguntarte: ¿cuántas actividades que no tienen ningún propósito hacés en el día?, ¿cuántas cosas haces de más y te agotás? ¿Sos de las que viven el día a día o sos de las que viven una vida con propósito? ¡Aprendé a vivir con propósito porque Dios sabe hacia dónde te lleva!
Tal como lo expresan Las Escrituras, Dios te dice: “Te enseñaré y te mostraré el camino por donde debés salir”. Él no solamente te dice lo que podés hacer, sino que además te enseña cómo se hace. ¡Eso es un padre!

3. Dios te va a enseñar a dejar herencia.

Elías tenía el síndrome de que él estaba solo para todo y por dicha razón, Dios le tuvo que enseñar a dejar herencia. Había cien profetas que estaban escondidos en una cueva porque Jezabel los iba a matar. Sin embargo, Elías dijo: “Soy el único profeta que queda vivo”. ¡Eso no era cierto! Él había decidido no contar con los otros profetas para degollar a sus enemigos. Como tenía ese síndrome del único, estaba más que agotado y frustrado porque no podía hacer todo solo. En el Reino nadie vive ni muere para sí. Dios te ha bendecido para que disfrutes de la bendición y para que bendigas a otros. Activá el potencial que tenés, liberalo en tu vida y depositalo en otros. No podés pasar las veinticuatro horas del día pensando solamente en vos. Esto último es lo que le sucede a las personas que están bajo presión, a los pueblos oprimidos que solo piensan en sobrevivir pues no pueden soñar. No obstante vos no sos una persona oprimida, sino un ser hecho libre en Cristo. Por lo tanto, podés soñar, pensar en el mañana y dejar herencia para las próximas generaciones. Dios le dijo a Elías: “Vas a ungir a dos reyes y a un profeta que te va a suceder. He preservado también a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante Baal”. Dios le estaba diciendo a Elías que Él no había puesto Su obra en manos de una sola persona, sino que además contaba con siete mil más. Elías, no obstante, no reconocía dicha situación y por eso Dios tenía que enseñarle a dejar herencia. ¡Activá tu potencial, liberalo y luego depositalo! Cuando entiendas que lo que hacés no es solo para hoy sino también para las próximas generaciones, no te vas a frustrar porque largo camino te resta.

Buscale propósito a todo lo que hacés. En vez de quejarte, pensá que lo que estás haciendo es porque vas a dejar herencia. No esperes que tu pareja sea la que les deje un legado a tus hijos o a tus nietos. Tenés que pensar en las próximas generaciones e identificar cuál es la herencia que les vas a dejar. ¿Vas a ser una mujer que lo único que hace es estresarse con las actividades que realiza o vas a ser una mujer con propósito, que sabe disfrutar, trabajar e ir hacia adelante? Recordá que sos una mujer con destino, una mujer de gloria.
Una mujer tenía un frasco de perfume que era muy caro, pero al ver a Jesús, derramó el perfume sobre su cabeza. Vinieron enseguida los discípulos y le reclamaron: “¿Cómo te atreviste a hacer eso? Podríamos haberlo vendido y así le hubiésemos dado de comer a los pobres. ¡Desperdiciaste el perfume!”. No obstante, Jesús dijo: “Ustedes vieron solo la tarea, pero no se dieron cuenta del propósito. Esta mujer sí tenía propósito en hacerme esto porque pudo ver más allá de la simple tarea de ungir mi cabeza. Ella lo hizo para mi sepultura, y debido a la actitud que tuvo, se hablará de ella en todas las generaciones”. Con ese acto que tenía un propósito para Jesús, ella pudo dejar herencia para todas las mujeres. Quizás cuando compró el frasco de perfume haya pensado: “¿para qué gasté tanto dinero en esto si podría haberlo invertido en otra cosa?”. Sin embargo, después de haber ungido a Jesús con ese perfume, habrá dicho con entusiasmo: “¡Qué honor! ¡Esta es la mejor inversión que he hecho en mi vida!”.

Cuando hacés algo con propósito, todo cobra sentido. Buscale el propósito a aquello que un día compraste y ahora está almacenado en tu casa. Tal vez hayas hecho cursos y guardaste el título en un cajón. Quiero decirte que tenés que sacar eso que aprendiste porque tiene propósito. Hay experiencias que has vivido y que has guardado en secreto, pero ahora Dios te dice: “Contáselas a la próxima generación para que la liberes de pasar por lo mismo que vos”. No te olvides que aún en esas situaciones de dolor por las que has pasado hay propósito.
Encontrale el propósito a todo lo que hagas. Cada vez que realices una tarea, preguntate: “¿Tiene que ver con mi propósito o simplemente lo estoy haciendo porque me gusta?, ¿es pura adrenalina o tiene destino?, ¿esta tarea que estoy realizando me está llevando a algún lugar, o al hacerla no consigo nada, me aburro y me frustro?”. Es importante que te hagas estos interrogantes, porque el Señor vendrá a preguntarte si estás en el lugar correcto: “¿Qué hacés acá? Yo te quiero en tu puesto”. Recordá que tu posición es estar sentada en lugares celestiales con Cristo Jesús.

Un simple frasco de perfume terminó siendo para esa mujer la mejor inversión. Hay algo que está dentro de vos, que tal vez todavía no soltaste y que Dios quiere que lo cuides, lo uses y lo dejes como herencia. Recordá que no vivís solo para vos, sino que naciste porque estás dentro del propósito del Padre, y cada generación seguirá cumpliendo lo que la anterior haya empezado. Por tal motivo, no te mueras sin haber dejado que alguien te suceda espiritual, material y emocionalmente. Elegí a alguien y decile: “Yo te voy a dejar herencia”. Eso fue justamente lo que Dios le enseñó a Elías. ¿Sabés porque Dios lo reconfortó? Porque era una persona obediente, lo amaba y no quería que le tuviera miedo a ninguna persona. Elías había profetizado cómo iba a morir Jezabel, y ella pereció tal como él lo había anunciado. En tu boca hay poder, ¡no tenés que esconderte en ninguna cueva ni estar en el lugar incorrecto por temor a nadie! Profetizá con tu boca lo que se tiene que morir en tu vida. Si así lo decretás, eso malo no vendrá nunca más. ¡Dios te dará la victoria! Amén.